19.9.17

CALLAR(se) PARA CONOCER(se)


Hemos oído muchas veces: “Dime lo que haces y te diré quién eres.“
Depende. 

Podemos pasarnos la vida desempeñando un rol sin ser conscientes de ello. Representando a alguien que tiene que ver más con lo que se esperaba de nosotros que con la forma en que nuestra esencia habría querido plasmarse.

Hace ya varios años que empiezo mis vacaciones con un retiro de silencio. Una semana para que reposen todas las vivencias del curso y para que, una vez acallado el ruido de lo aparente, lo esencial encuentre su espacio. Entonces recuerdo quien soy, más allá de lo que hago.

¿Quién soy?, la pregunta del millón. Y una muy adecuada para inaugurar el mes de septiembre con el reto de descubrirlo a lo largo del año, o de seguir ampliando lo que ya he descubierto en etapas anteriores.

Cada vez que me siento a meditar, me digo que no tengo nada que conseguir, porque así voy a ello sin expectativas, sin objetivos, con el único propósito de que la meditación surja en mí, al igual que surge la respiración sin que yo tenga que ordenar a mis pulmones: inspirad, exhalad. Con el tiempo, tengo que reconocer que ha servido para des-identificarme con todo lo que no soy (aunque llevase años creyéndome que era esa) y vislumbrar mi verdadera identidad. Al pasar de un estado mental (en el que dominan mis pensamientos) a un estado de presencia (en el que solo hay atención/contemplación) conecto con algo nuevo. Algo que en el frenesí o en la rutina del día a día se me escapa. En ese momento, meditar pasa a ser simplemente descansar en la pura experiencia de ser (Ken Wilber). No es que yo medite, sino que, por decirlo de alguna manera, algo medita en mí, se me regala, igual que algo respira en mi sin que, las más veces, yo sea consciente de ello. Resulta que “eso” que me parece nuevo, ya estaba dentro cuando nací, pero yo no había reparado en ello. “Eso” que soy no hace ningún esfuerzo, y sin embargo se entera de todo.

Una de las prácticas meditativas que más me ayudó este verano a dar este salto es la llamada rueda de la conciencia porque facilita esa desidentificación. Es decir, permite reconocer que no eres lo que piensas, ni lo que sientes, ni lo que te ocurre, ni el yo con el que tu mente se ha identificado. Consiste en imaginar que eres una rueda de bicicleta: un eje central y una llanta. En la llanta están tus cinco sentidos que introducen en tu mente el mundo exterior. Están también tu cuerpo, tus pensamientos, tus emociones y tu realidad externa. La llanta se mueve continuamente, pero tú estás en el centro, y te limitas a observar todo lo que hay y lo que ocurre en la llanta, pero no te identificas con nada de eso. Toda la práctica está encaminada a mantener la distancia con la llanta de manera que en algún momento experimentas: no soy mis pensamientos, no soy mis emociones o sentimientos, no soy mi cuerpo, no soy lo que hago. Se trata de volver una y otra vez  al centro de la rueda, al testigo que observa todo eso sin juzgarlo, para caer en la cuenta finalmente de que tú eres ese testigo, esa consciencia.

No negaré un cierto vértigo, un punto de ansiedad cuando constatas que no eres quien creías ser, pero eso ocurre cuando te sales del centro. En el centro, solo hay tranquilidad y sosiego. Descanso.

En las sesiones de coaching muchas personas manifiestan estar hartas de sí mismas, enfadadas, aburridas o decepcionadas. La buena noticia es que no es de sí mismas de quien están cansadas, sino de su personaje: Ese ser con el que se han identificado y que ha acabado por ahogar a su esencia hasta el punto de que ya ni la recuerdan. Es el primer paso para descubrir quiénes son en realidad. El segundo es atreverse a obrar en consecuencia, soltando las inercias que las han mantenido alejadas de su verdadera identidad. En el silencio también desenmascaras esas inercias y después eres capaz de actuar de otra forma en tu día a día.

Marita Osés



Septiembre 2017

10.7.17

Cuando la necesidad de afecto se disfraza de entrega



¿Sueles renunciar de manera automática a lo que tenías pensado para hacer lo que supones  que va a complacer a otra persona? Si llevas toda la vida haciéndolo, es posible que ni siquiera seas consciente de renunciar a nada, porque ni tan solo te habrás tomado el tiempo para averiguar lo que deseabas de verdad. Si no te paras nunca a sondear lo que quieres, acabas olvidándote de quien eres. Me hizo pensar en esto una abuela muy devota de su familia, que guisa a diario para su hijo y sus nietos, cuando me contaba que aquel día había hecho cinco comidas distintas.

“Porque a este no le gusta esto, y a aquella no le gusta lo otro, pobrecicos, son tan majos...”

“¿No acabaste agotada?”, le pregunté.

“Si, pero total, no cuesta nada…

“No cuesta nada”, significa que ni tan solo ha tenido que hacer el esfuerzo de luchar contra sus ganas de descansar, o de hacer otras cosas (en lugar de pasarse toda la mañana cocinando), porque ha anulado de entrada todo deseo o necesidad propia para poder dedicarse a satisfacer los ajenos. Como lleva tantos años sin conectar con los suyos, ya no tiene que enfrentarse al dilema entre lo que ella haría y lo que decide hacer finalmente. Ha ido disolviéndose poco a poco y ha olvidado qué quiere. Y con ello, ha dejado de saber quién es, porque ELLA ES solo EN FUNCIÓN DE lo que sus seres queridos reclaman. O mejor dicho, de lo que ella piensa que es bueno para ellos. Entregada a jornada completa a HACER por los otros, ha descuidado su SER, llegando a convencerse de que ha venido a este mundo para que los de su alrededor sean felices. Este es el gran engaño que nos hace sentir importantes: creer que tenemos en nuestras manos el estado de ánimo del vecino y validarnos a partir de eso. Lo cierto es que cada cual es dueño de su estado anímico, aunque nos guste pensar que somos decisivos en las alegrías o las penas de las personas que queremos. Ya puedes deslomarte para cambiar el humor de alguien que si esta persona no quiere dejar entrar la alegría en su corazón, de nada servirá lo que hagas. Es decir, que los de mi alrededor estén o no satisfechos depende en último término de ellos y es una ilusión de omnipotencia la que me lleva a pensar que depende de mí. Si creo que soy dueña del estado emocional de mi vecino, también le haré responsable del mío aplicando ese principio en sentido contrario.

Volviendo a nuestra abuela, creer que los miembros de su familia son felices gracias a ella puede darle una gran sensación de protagonismo, pero la distrae de ejercer su poder consigo misma. Seguramente llegará a conocerlos muy bien, pero a costa de no conocer quién es ella, distraída como está complaciéndoles. Esforzarme porque los demás estén contentos puede ser una forma de compensar mi des-contento personal. Si estoy tan pendiente de mi alrededor que dejo de mirar dentro de mí, evito abordar mis asignaturas pendientes. Y me siento la mar de bien, claro, cuando “consigo” “tenerlos a todos contentos”. Soy protagonista de sus vidas, pero a costa de descuidar la mía.

Si esta fuese la historia de una mujer en paz, feliz con lo que es y hace, diría que ha encontrado el propósito de su vida y lo celebraría con ella. Hay personas que descubren la plenitud que da el amor gratuito. Pero no es el caso. La solícita abuela con demasiada frecuencia siente una punzada de incomodidad en el pecho, un ahogo, una desazón. A veces le parece que no la tienen en cuenta, o que le demuestran menos afecto, comprensión o respeto del que esperaría. Y cada vez necesita más, aunque no lo sepa, porque de tanto tener en cuenta a todos, no se acuerda de sí misma. Puesto que le falta todo el afecto que ella misma no se da, cada vez hace más cosas por las personas que la rodean para que la quieran. Está convencida de que lo hace por ellas, pero el resultado último es ganarse su afecto. 

Nadie le ha dicho nunca que ella vale independientemente de lo que haga. Que su valor intrínseco está en su ser y que no tiene que ganarse su derecho a existir haciendo todo el día cosas orientadas a complacer. Cada vez que prioriza a otra persona y vuelve a colocarse en el último puesto de la fila, le está enviando a su cerebro el siguiente mensaje: “Tú no importas”. Y cuando le dices a alguien repetidamente que no es importante, acaba poniendo en duda su valía y deseando desaparecer.

Cuando tengas en la punta de la lengua ese “no cuesta nada”, tal vez podrías pararte un minuto y ver cuál es el precio que pagas por hacer eso que no cuesta nada. Para saber si estás en el amor gratuito o no, puedes responder a las siguientes preguntas: ¿Cuál es mi grado de satisfacción conmigo misma? ¿Cuál es mi actitud predominante frente al otro? ¿Suelo estar cansada de mis relaciones, me quejo de que se aprovechan de mi buena fe? ¿Me parece que las personas son menos generosas de lo que yo soy con ellas? ¿Estoy reactiva y salto a la mínima? ¿Me siento muy dolida por detalles que reconozco que en realidad no tienen tanta importancia? … entonces ese es el precio que pagas. Es cierto que amar al otro nos da la máxima plenitud, porque estamos hechos de y para el amor. Pero si nuestra sensación está muy lejos de ser plena, es que esa entrega no es tan genuina como me creo o como parece. Puede ser una necesidad de afecto, disfrazada de entrega. La verdad es que la primera persona que necesita tu cariño eres tú. Tu amor hacia ti es imprescindible para poder entregarte sinceramente a los demás. Por eso, antes de empezar el día, piensa en algo que “no te cueste nada” hacer por ti. Y hazlo.



Marita Osés
mos@mentor.es
10 julio 2017

22.6.17

Mensaje a los suscriptores de Atrevetecaminadisfruta

Como veis por el título, esto no es un post más. Es un mensaje que escribo a raíz de darme cuenta de que algunos de vosotros me habéis enviado vuestros comentarios, haciendo un "responder"al email que os llega cuando cuelgo un post en el blog Atrévetecaminadisfruta. Esa dirección de correo es solo de envío, no de recepción, por lo tanto lo que escribáis como respuesta no me llega nunca.
Así pues, mis disculpas a los que enviasteis algún comentario y no recibisteis ninguna señal por mi parte. Nunca me llegó.
Me encanta leer la reacción a mis reflexiones, y me ayuda un montón, por lo que os ruego que si queréis enviar algún comentario lo hagáis a mi correo (mos@mentor.es), a fb o los escribáis en la casilla de comentarios que aparece debajo del post en mi blog.
Gracias por estar ahí y leerme. Sin vosotros, todo esto no tiene ningún sentido.

Un abrazo
Marita

5.6.17

¿Cómo vas a valorarte si ni siquiera te ves?





Veo, veo… ¿Qué ves?

Lo que veo, todo saca un 10.

¿Y tú, te ves?

¿Quién, yo? No sé dónde tengo la cabeza ni por donde van mis pies.




Ahora en serio. ¿Te ves? No sólo en el espejo, que también. ¿Tienes claro quién eres? Tu perfil, tu huella, tu hacer, tu talento, tu forma de materializarte.¿Sabes de qué manera incides en el mundo y en las personas? ¿Sabes cómo te relacionas contigo?¿O eres testigo de todo y de todos menos de ti?

Si solo miro hacia afuera, soy observador de las vidas de otros y a veces me pierdo en ellas hasta olvidarme de mí. Si alguna vez me miro, suele ser para compararme y quedar deslumbrada con los talentos, los éxitos y los resultados de los que me rodean. Mi ego entonces se lamenta, o peor aún, se avergüenza, de las cualidades que no tengo, los objetivos que no he conseguido o los fracasos que he cosechado. Así, voy construyendo una imagen distorsionada de mí. Tomo solo conciencia de mis carencias y errores y dejo de registrar lo que sí he hecho, porque lo doy por sentado. Y al final lo olvido. No cuenta. No existe. ¿Cómo vas a tomar consciencia de que existes si no registras las señales que te lo demuestran? Te has acostumbrado a distraerte de ti mirando la vida de los otros y saltas de sus logros a tus carencias. Estas comprando así todos los números para llegar a la conclusión de que no vales. O no eres suficiente. No te valoras, en primer lugar, porque ni siquiera te ves.

Por paradójico que parezca, para vernos de verdad hay que cerrar los ojos. Sentirse. Tomar conciencia. Ir más allá de lo visible, para percibir nuestra parte invisible.

Para “verme” he de tomar nota de lo que soy y hago a lo largo del día. Me refiero, literalmente, a escribirlo en un papel. Al final de la semana, lees todo lo que has escrito: “He sido comprensiva con mi madre”. “Eficiente en el despacho, generosa con mi hijo, innovadora en la cocina.” “Simpática con el taxista.”“Asertiva con un energúmeno y como yo me he colocado, lo he puesto en su lugar”. “Colaboradora con el equipo…”, y entonces puedes construir tu imagen a partir de la realidad concreta, no de los juicios dictados por tu ego o por los que te rodean. Cada día despliegas montones de matices de lo que eres sin apenas enterarte porque lo haces inconscientemente. Ya va siendo hora de que lo registres si quieres saber quién eres. Y luego está, todo lo que haces: en este apartado, no se trata solo de anotar el cumplimiento de tus obligaciones, o responsabilidades. También el de tus deseos. Puesto que los deseos nos definen, apuntar qué he hecho por mí al cabo del día me sirve para recordarme quién soy. De lo contrario, solo existo en función de los demás.

En uno de sus artículos José Antonio Marina nos recuerda que el bebé sólo necesita una cosa: bienestar (comida, bebida, calor, protección). Pero cuando llega más o menos a los dos años, pronuncia las palabras que nos revelan su verdadera naturaleza. Le dice a su madre: “¡Mamá, mira lo que hago!” No pide nada material. Le pide atención y reconocimiento. Necesita sentirse orgulloso de algo. Los adultos lo seguimos necesitando.  Así que en nuestra lista, aparte de las cosas que nos den puro bienestar, podríamos anotar aquello que al hacerlo nos hace sentir bien porque nos genera un sentimiento de orgullo, de logro, de avance o de contribución.

Si no te ves, acabas borrándote del mapa sin darte cuenta y vives pendiente de cómo te ven los de afuera. Dependes de la mirada ajena y por lo tanto eres susceptible de ser manipulado por ella. El otro te devuelve una imagen condicionada por sus necesidades y expectativas y por su escala de valores. Si tú no consigues verte de otra manera, te quedarás con esa idea distorsionada de ti, que tiene que ver mucho más con la persona que la ha elaborado que contigo.

Las primeras personas que me hacen de espejo son mis padres (y aquellas que se ocuparon de mí durante la infancia). Los adultos proyectan en los niños sus frustraciones, sus expectativas y su manera de amar. Nos etiquetan por partida doble: nos dicen cómo creen que somos –desde sus filtros- y cómo tenemos que ser. Y muchas veces nos perdemos queriendo ser fieles a esa etiqueta. Eso que nos han inculcado que seamos es el principal obstáculo para reconocer lo que realmente somos. Es decir, la idea de mí que complacería a mis padres es el principal obstáculo que se interpone entre yo y mi esencia. Puesto que dependo del amor y el reconocimiento de ellos para sobrevivir, siento la necesidad de ser fiel a esa imagen hasta que se adueña de mí y me dicta mentalmente cómo tengo que comportarme. Cada vez que le hago caso y no me siento identificada con esa conducta que he manifestado, estoy siendo el personaje que inventé para conseguir la aprobación de los míos y para sobrevivir en el ambiente que me tocó crecer. Estoy siendo fiel a la imagen creada por otros en lugar de ser fiel a mi esencia. Y por lo tanto, me voy desconectando de ella. Cuanto más me alejo de mi esencia más me desconecto de mi energía vital.

En muchas ocasiones, lo que se interpone entre ti y tú misma para que no te veas son las preocupaciones, problemas, obligaciones…. En lugar de sentir que soy más de lo que me está pasando, me identifico con ello, y mi vida entera es esa inquietud, ese problema, ese deber por cumplir. Mi persona acaba desapareciendo, disuelta en supuesta la gravedad de lo que ocurre. Esa identificación es una forma de huir de mí, de no querer verme, de ignorar mi responsabilidad más elemental que es hacerme cargo de mí misma sin esperar a que nadie más lo haga. Cuando tomo las riendas de mi vida, veo al cochero, veo al carruaje, veo a los caballos. El dueño del carruaje no se ve, porque va dentro, pero sé sin lugar a dudas que soy yo.

Marita Osés

mos@mentor.es


Junio 2017

9.4.17

¿Respiro?



Respiro


¿Respiro?


Alguien me respira.

Respiro ternura cuando acuno a un bebé.

Soy ternura.

Respiro confianza en el ser humano cuando trabajo.

Soy confianza.

Respiro el cariño y la dulzura de Nacho cuando se acerca, me toma la cara entre sus manos y me dice cosas bonitas antes de besarme.

Soy dulzura y cariño.

Respiro dolor e impotencia cuando veo sufrir a mi hijo.

Soy dolor e impotencia.

Respiro furia y disgusto cuando me miente.

Respiro indignación cuando quiere paliar su dolor de formas autodestructivas.

Respiro compasión cuando abre su corazón y se perdona.

Respiro gozo al ver a mi otro hijo alzar el vuelo en la dirección anhelada.

Soy gozo y risa.

Respiro confianza en él y en la vida al comprobar su camino recorrido y el mío.

Respiro satisfacción cuando siento que he podido echar una mano, por pequeña que sea.

Respiro unión entre mis hermanos y alegría de estar juntos y poder contar los unos con los otros.

Respiro cansancio cuando recibo más peticiones de las que puedo atender.

Respiro gratitud inmensa cuando me atiendo y escucho mis necesidades y deseos.

Respiro paz cuando me dedico un rato de buena mañana.

Respiro bienestar después de estirar el cuerpo y movilizar todas mis articulaciones.

Respiro admiración cuando veo los progresos de las personas del grupo de duelo.

Respiro optimismo cuando hago la sesión de coaching con los maestros de escuela.

Respiro decepción cuando mis hijos no responden a unos mínimos.

Respiro belleza cuando paseo por el parque, descubro la arquitectura de mi ciudad o me encandilan los ojos de alguien.

Respiro grandeza cuando las personas me dejan entrar en su corazón y comparto la mía. Y descubro que lo que compartimos es nuestra divinidad.

Respiro paz cuando perdono, asombro cuando contemplo, ternura cuando escucho, magia cuando toco, éxtasis cuando huelo, sonrisa cuando siento.

Respiro ligereza cuando estoy con El.

Respiro luz cuando lo escucho.

Respiro Amor cuando lo siento.

Alguien respira Amor en mí.

Alguien me respira, por eso puedo respirar.

Alguien me ama, por eso puedo amar.

Marita Osés

8 abril 2017



27.2.17

EL MIEDO A LA SOLEDAD O DISFRUTAR DE LA PROPIA COMPAÑÍA




A un amigo mío le preocupa que sus hijos se queden a vivir en el extranjero y no estén a su lado cuando él sea anciano. Muy alegremente le contesto, “pues si no vienen ellos, ya iremos nosotros a visitarlos”. Me recuerda entonces que a una cierta edad es muy posible que tengamos la movilidad reducida y una pérdida de autonomía en muchos aspectos. “Lo único que te hace ilusión entonces es que vengan a verte tus hijos con la mayor frecuencia posible y que te cuiden”. Se me ocurren otras cosas que me harán ilusión aparte de ver a mis hijos: leer, escribir, bailar, pasear, estar con mi pareja y mis amigos, recordar, contemplar. Si aún estoy viva cuando ya no pueda hacer nada de todo esto, creeré que sigo ahí para a aprender a recibir sin poder dar nada a cambio y para darles a otros la oportunidad de dar sin recibir. Al fin y al cabo, a eso venimos, a AMAR y SER AMADOS.

En realidad, no se trata tanto de lo que puedes hacer o no a una edad determinada, sino de cómo estás contigo mismo. Una de las grandes tareas del ser humano, que muchas personas dejan pendiente, es la descubrir quién es y disfrutar de la propia compañía, antes que de la de nadie. Saber estar solo y disfrutarlo. Aprender a estar con uno mismo, descubrir el tesoro que llevamos dentro y sentir gratitud por lo que somos y por lo que hemos vivido, sea lo que sea, y poder recordarlo con una sonrisa. Acoger nuestro proceso vital con ternura y agradecerlo, poder recordarlo con amor, porque has perdonado y te has perdonado. Eso supone una actitud determinada: en lugar de mirar hacia afuera y ver lo que me pueden aportar los demás para enriquecer mi vida o aliviar mi soledad, alimentar una vida interior y fraguarla a lo largo de todo mi trayecto vital.

¿Dónde está lo que da sentido a tu vida: dentro o fuera de ti?

Si el sentido de nuestra vida son los hijos, es comprensible que su ausencia nos provoque una angustia y una soledad insoportables.

Si el sentido de la vida es lo que haces, cuando dejes de ser eficiente o útil te retirarás del ruedo con sensación de estorbar. Eso significará que no has descubierto el poder de tu presencia. Cada persona irradia una u otra cosa, según alimente unos u otros aspectos de sí misma. Todos conocemos a alguien a cuyo lado quisiéramos estar siempre, o cuya compañía buscamos en un momento determinado, por la paz, la alegría, el entusiasmo o lo que sea que transmita esa persona, sin que sea necesario que haga nada en concreto. Es algo que va con ella y que expresa sin palabras lo que es y ha sido su vida. Tiene que ver, sobre todo, con su actitud que, a su vez, depende de la relación que ha ido forjando esta persona consigo misma.

Tu bienestar en tu vejez también depende de cómo te has relacionado contigo, porque eso determina cómo afrontas la realidad. Si te has peleado con la vida, seguirás peleándote. Si te has pasado los días exigiéndote y exigiendo, seguirás haciéndolo y sentirás una gran frustración en el momento en que no puedas satisfacer tus propias demandas, ni siquiera forzando al máximo tus posibilidades. Si has aprendido a aceptar con paciencia y comprensión tus propias limitaciones cuando eres joven, tendrás el trabajo hecho en la vejez. Y aceptarás más fácilmente también las de tus hijos, incluso las que les impiden estar a tu lado tanto como tú desearías. Amar de verdad a los hijos es comprender sus limitaciones.



No creo que nuestro poder personal resida en la capacidad de hacer, de tener un impacto en el mundo. Más bien se pone a prueba en relación con nosotros mismos: se mide por la habilidad de decidir nuestro estado de ánimo, independientemente de lo que piensen, digan o hagan las personas que nos rodean, incluidos nuestros hijos. Eso es la libertad personal. Ahí es donde nos jugamos la sensación de plenitud o de vacío al final de nuestros días. Poder decir: “Yo soy la dueña de mi sonrisa porque he conseguido ser la dueña de mi vida”, sin cargar a nadie más la responsabilidad de hacerme sonreír. Sonrío porque amo. Sonrío porque me amo. Por paradójico que parezca, el amor a mí misma es el acto más generoso que se me ocurre para liberar a los demás de la obligación de hacerme feliz. De esta manera, si nuestros hijos están cerca de nosotros y nos cuidan amorosamente en nuestra vejez, seguirán enriqueciéndose con nuestra presencia en lugar de sentir que somos un pozo de necesidad sin fondo. Porque hay una parte de nosotros que ni la pareja, ni los hijos ni la misión que hayas elegido puede llenar. Hay una parte de ti, que solo puedes llenar tú.

Marita Osés

Febrero 2017


9.10.16

Atiende tus necesidades sin esperar a que otro lo haga…y dejarás de enfadarte


En el transcurso de una charla sobre la ira, me pregunta una de las asistentes: “¿Y éstas personas que siempre están enfurruñadas por todo y con todos?”

Personas enfadadas permanentemente con el mundo. Personas que no han comprendido que la vida es como es, no como ellas piensan que tiene que ser. Que la realidad lleva su propia dinámica y no tiene por qué ajustarse a cómo creo yo que han de ser las cosas. Personas que se resisten a conjugar el verbo aceptar.

De todos los aspectos de la realidad -que tantas veces me cuesta - el único en el que puedo incidir directamente SOY YO.

¿Qué puedo hacer por mí para que la realidad me resulte más aceptable?

Salir a la calle con mis necesidades cubiertas.

Es evidente que si tenemos hambre, sueño o no nos sentimos queridos estamos más irascibles y cualquier contratiempo nos hará enfadar con más facilidad. El alimento, el descanso, el afecto, son necesidades comunes a todos los seres humanos. De pequeños aprendemos la importancia de adquirir los hábitos de alimentación y descanso, pero no el de darnos afecto. Algunas personas me preguntan: “¿Cómo se hace esto de quererse a uno mismo?” Es tan fácil como velar por tu bienestar. Implica pararte a descubrir qué cosas te hacen sentir bien. La respuesta a esta pregunta es única y exclusiva de cada persona, porque responde a sus características individuales. A su esencia.

Todos hemos vivido alguna vez un momento tan agradable o pleno que nos ha hecho pensar: “Después de esto, pase lo que pase hoy, ya me ha valido la pena el día”. El abanico de momentos sencillos de plenitud es infinito: haber presenciado la salida del sol, escuchar una música preferida, una meditación, un café con un amigo, sentirte a gusto con lo que llevas puesto o pasar a dar un beso a un ser querido antes de ir a trabajar. Puede que no sean cosas objetivamente imprescindibles, pero si las hago, me siento muy bien. Si no, parece que me falta algo. Y cuando de buena mañana voy por el mundo con esa sensación de escasez, cualquier contratiempo se suma a esta carencia y hace que el mundo me parezca más hostil de lo que en realidad es.

Madurar es también tomar conciencia de qué cosas hacen que me sienta bien en mi piel y procurármelas. El niño reclama que sus padres lo atiendan porque él no tiene los recursos para hacerlo. La persona que espera que los demás velen por él se ha quedado en la infancia: genera relaciones dependientes y se queja cuando los otros le fallan. Cada vez que alguien me “falla” me está invitando a preguntarme: “¿Me estoy dando yo lo que reclamo a esta persona?” Adulto es el que asume la responsabilidad de su persona y por lo tanto de cubrir sus necesidades. Muchas veces no las satisfacemos porque no nos hemos tomado el tiempo necesario para des-cubrirlas. Otras veces las en-cubrimos: los horarios laborales, la llegada de los hijos, la enfermedad de un familiar cercano hacen que dejemos de tener tiempo para nuestras cosas y acabamos olvidándonos de aquello que nos cargaba las pilas: cantar en una coral, bailar salsa, leer, meditar, hacer deporte a alguna hora del día, quedar con tal persona... Y si las descuidamos nuestro ser se resiente porque le estamos enviando el siguiente mensaje: “Tu bienestar no importa.” Le exigimos que rinda, pero no le damos alimento suficiente como para que se halle en disposición de rendir. Y de gozar. No es de extrañar, entonces, que a la mínima, salte. Puede que el motivo aparente de mi enfado sea externo, pero lo cierto es que la insatisfacción interna es el caldo de cultivo perfecto para que esa chispa exterior prenda en mí el fuego de la ira. Si atiendo a mis necesidades –me atrevería a decir espirituales, en el sentido que afectan al espíritu con el que me muevo por el mundo- esas chispas se apagan en contacto con mi paz interior.

¿Te has parado a pensar en lo que necesitas para funcionar bien? ¿Qué mínimos debes cubrir TU para caminar con energía, motivación y tranquilidad? Una vez detectes qué cosas te llenan hazles un hueco en tu agenda todos los días, por mínimo que sea. Decide cuáles son irrenunciables y respétalas. Ese acto diario de respeto por ti te dispone hacia la realidad en actitud agradecida y serena.

Te sorprenderás de lo mucho que se reduce tu irritabilidad.

Marita Osés



4 octubre 2016